martes, 17 de noviembre de 2009

Atardecer


Sentado camino sobre el agua de un espacio ajeno
La estridencia débil y armoniosa pinta de vivo el entorno
Sonrisas nativas, que guardan sueños truncados por una realidad incontrolabe, nos despiden
El ojo de cielo, profundo de todo, crea una mirada inmensa que invita
Amarillo y naranja se contonean en una danza sensual que razga de rojizo al azul
Me adueño, lo enfrasco y te dedico este atardecer

martes, 10 de noviembre de 2009

Silencio (relato. Parte final)


En la radio sonaba una canción de Soda. Willow esbozaba una sonrisa cómplice, mientras su mirada se fijaba en algo que Angus hacía en el momento. Por la ventanilla asomé la cabeza – ¿por dónde agarro Daffy? – pregunté.

Daffy dejó por un lado sus burlas y se sentó en el borde de la palangana. En una mano sostenía un cigarro y con la otra se había sujetado a la parte interior de mi ventanilla. – Seguí recto –. Calculo que iba a unos 25 km/h. – ¡¡Ah no, cruzá aquí!! –. Las risas, la música, las sonrisas cómplices. Todo se desapareció. Silencio...

El retrovisor mostraba a Daffy tendido en el mojado asfalto de la colonia de la Zona 11, cerca del edificio del canal 3. Asustados corrimos hacía donde yacía; ¡¡¡los 10 metros más largo de mi vida!!! (Hasta ese entonces). – ¿Qué pasó? – preguntó. Willow dibujaba una cara de horror al ver gotas de sangre esparcidas por el asfalto. Angus y yo lo levantamos y lo metimos en el carro.

– ¿Qué hacemos? ¿Lo llevamos al hospital? –
– Ni mierda, y qué vamos a decir. Nos van a meter la verga. –
–Pero entonces ¿qué hacemos? –

A pesar de nuestras preguntas envueltas en pánico y confusión, el silencio todavía reinaba el ambiente. – Daffy, despertate– repetía Willow angustiada.

–Llévenme a mi casa– dijo Daffy, o al menos eso intentó, porque el golpe lo había noqueado.

–Pero te salió sangre, no creés que sería mejor que te llevemos a un hospital y ahí llamamos a tus papás–

–No, mejor llévenme a mi casa. Si los llaman del hospital se va a armar un gran vergueo con ustedes–

La casa de Daffy estaba a unos 10 Km. de ahí. –No siento la lengua– decía. Cuando llegamos a su casa, Angus y Willow lo ayudaron a entrar. –Vos quédate acá, porque si te ven te matan– me dijo al despedirse de mí. –No te ahuevés–. Intentó dibujar una sonrisa en su adolorida expresión.

5 minutos después Willow y Angus salieron. Se subieron al carro y no dijimos nada. El silencio había decidido no dejarnos.

lunes, 9 de noviembre de 2009

Silencio (relato. Parte 2)


A pesar de eso, el carro tenía su encanto. El motor era diesel por lo que Q50 eran suficientes para recorrer la ciudad durante semana y media. Me evitó gastar en gimnasio porque girar el timón era extremadamente agotador. Además la batería se moría constantemente y tenía que empujar, yo solo por lo general, un carro de una tonelada para hacerlo arrancar. Tan especial llegó a ser el picop que hizo varias apariciones estelares en nuestros videos que debíamos de grabar para un curso de audiovisual en la universidad.

Angus, Willow, Daffy y yo estábamos bebiendo en una fiesta. No recuerdo exactamente dónde era, ni de quién. Sin embargo recuerdo que no nos dio tiempo de chupar mucho, porque nos enteramos que en casa de un amigo se había organizado otra mega fiesta, aprovechando la ausencia de sus viejos. Cuando nos enteramos se podría decir que estábamos cabezones, alegres, pero no borrachos. De pronto me doy cuenta que justificarse a uno mismo para minimizar las consecuencias es un mecanismo de defensa muy vulgar. Sin embargo, esa era la realidad.

Siendo Guatemala el país del nunca Jamás, el concepto de conductor designado ha sido algo que nunca ha existido dentro del léxico de un asiduo bebedor. No suele aplicarse regularmente, mucho menos por patojos de 20 años. Y como el picop era mi nave, casi siempre era yo quien manejaba, sin importar si habían sido dos cervezas o dos botellas de XL, siempre manejaba yo. También manejaba yo porque nadie más quería hacerlo. – Esa tu mierda es muy dura – me decían usualmente. – Huecos – decía para mi mismo.

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– Vamos a la casa del gordo, supuestamente va a estar de ahuevo – dijo Daffy al enterarse de la noticia. Sin pensarlo nos tomamos las cervezas que teníamos en la mano y nos fuimos a la casa del gordo.

En la cabina íbamos Willow y yo. Atrás Daffy y Angus. Por lo general cuando había una chica en el grupo, al ser yo el chofer (porque básicamente eso era lo que era) al menos me recompensaban con la compañía femenina. Pero, y en estos casos casi siempre había un pero, igual también tenía que aguantar las estupideces que se montaban atrás. Recuerdo una ocasión en la que, saliendo de la U, cada que pasaba un carro a la par mía bocinaba y quienes fueran en él se reían al verme. Por el retrovisor veía a los culeros de mis cuates cagándose de la risa. Los hijos de puta habían pegado un papel que decía “el que está manejando es hueco”.

– No vayan a hacer muladas muchá – les dije amenazante cuando salimos. Eso en clara referencia a todas las cosas que me habían hecho antes. Pero, al ser el menor, mis amenazas pocas veces eran tomadas en serio. En cambio, por alguna razón, eran utilizadas como retos para hacer todo lo contrario a lo que yo decía.

Ninguno de nosotros, excepto Daffy, conocía la casa a donde íbamos. Por alguna conversación que yo había tenido con el gordo en el campus de la U, tenía la idea de que vivía por el edificio de canal 3, en la colonia mariscal o algo por el estilo. De todas formas Daffy si conocía el lugar, así que no había ningún problema. De que llegábamos, llegábamos.

El asfalto del periférico estaba mojado por una llovizna que había caído hacía unos minutos. El cielo igual permanecía despejado y estrellado. Con goteras en los vidrios de adelante y de atrás y hoyos en el suelo por los que se colaba el agua, Willow y yo agradecimos que el amago de lluvia había sido sólo eso. Íbamos platicando de todo y nada, charla que se veía constantemente interrumpida por las carcajadas que ella soltaba al ver las estupideces que Angus y Daffy hacían atrás.

– Cruzá aquí – me dijo Daffy al llegar justo antes de la entrada a hiper. La entrada de la colonia estaba custodiada por una garita de seguridad y dos policías particulares. – Licencia o cédula – me dijo uno de ellos. Medía aproximadamente 1.50. Moreno oscuro y con un diente de latón. – ¿A dónde se dirige? –. Malditas garitas de seguridad en las que uno tiene que decir hasta a qué hora cagó. Pasado ese ridículo control de “seguridad” nos adentramos en la colonia.

A unos 30 metros, un túmulo me hizo bajar la velocidad. Cuando las llantas de atrás saltaron el obstáculo, Angus y Daffy saltaron con él. Inmediatamente se pararon para simular que iban montados sobre una tabla de surf. Hacía un par de meses esa broma la habíamos realizado en el carro de Willow, quien también tenía un picop (sólo que más nuevo, sin hoyos por todos lados y la pintura completa y nítida). En esa ocasión íbamos en la parte de atrás Angus, Daffy y yo. De igual forma simulamos que surfeábamos, mientras Willow aceleraba y manejaba descontroladamente por todo el estacionamiento de la U. Como última maniobra, decidió estacionar el carro bruscamente. Giró violentamente, pero yo todavía estaba parado. El brusco movimiento me lanzó por el aire, pero, afortunadamente logré caer de pie. Por la inercia del movimiento, seguí corriendo unos 20 metros más y al caer me desguincé la rodilla, lo que me obligó a utilizar una venda y a cojear por unas dos semanas.

– ¡¡Puta muchá!! No sean mulas, siéntense – el menor del grupo regañaba a los otros dos, tal cual profesor de escuela primaria. Al momento en que ponía en marcha, automáticamente empezaban a brincar. 


Tal cual papá enojado porque sus berrinchudos hijos no le hacen caso, detuve la marcha, abrí la puerta violentamente – ¡¡A LA VERGA PEDAZOS DE CEROTES, ESTENSE QUIETOS O LOS VERGUEO!! –. Frustrado entré en el carro, comprendiendo que mis gritos no harían más que alimentarles la gana de chingar y sacarme de mis casillas.

domingo, 8 de noviembre de 2009

Silencio (relato. Parte 1)


Por lo general octubre es sinónimo de noches frías y lluviosas, sin embargo esa noche del 20 era majestuosa porque las luces de la ciudad no pudieron evitar que luminosidad del universo, que coquetamente se adornada con el resplandor de miles de millones de estrellas, iluminara el camino de quienes reíamos bajo ese celestial manto. Definitivamente una de esas noches que cuando mirás hacía arriba, no te queda más que sentirte pequeño ante tanta inmensidad desconocida.

Pero ese no era nuestro caso. Ningún espacio infinito nos haría sentir pequeños esa noche. Angus, Willow, Daffy, a quien decíamos así a cuenta del pato de los Looney Toones, y yo gozábamos de la libertad única que da el güaro. En ese entonces, los viernes y sábados por la noche solían ser sinónimo de fiesta aunque mis padres me obligaran a estar de regreso en casa alrededor de la 1 de la mañana. Eso nunca fue un impedimento y la embriaguez total siempre fue la meta a alcanzar. Tener hora de llegada sólo la convertía en una carrera contra reloj.

Si bien mis padres no eran extremadamente estrictos conmigo, si que tenían normas muy específicas, como la hora de llegada. También es cierto que la severidad de esas normas había disminuido desde el momento en que comencé a trabajar en las mañanas y estudiar por las noches. Años después mi madre me confesó que nunca sospechó de mis jornadas etílicas, y que después de cumplir 20 años ya no se quedaba despierta esperando mi llegada.

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Justamente en ese entonces yo tenía 20 años, era el menor del grupo. De complexión física normal. Alto, aunque no mucho. Angus era pequeño, de 1.60 aproximadamente. Fumaba como descocido. Constantemente era el incitador de las chingaderas. Willow, al igual que Angus, era pequeña, morena y de pelo largo lacio que le llegaba hasta la cintura. Cuando se lo trenzaba, yo solía simular que eran un par de riendas. Angus nunca fue amante de esta broma. Por último estaba Daffy. Era el mayor del grupo. Tenía mucho carisma con los demás. Extremadamente delgado.
Ese era, básicamente, mi grupo cercano de amigos en los últimos años de universidad. En algún momento nos llegamos a llamar a nosotros mismos “familia”. Alimentamos la costumbre de beber vino sobre un monumento dedicado a algún tipo de apellido Castilla, ubicado en la Avenida de las Américas. Jugábamos a verdad o reto. Nos cuestionábamos acerca de nuestros gustos y actitudes en la cama. – Es contra la ley beber alcohol en lugares públicos –. Con esas palabras de un policía nacional civil se acabaron esas juntas nocturnas.

Curiosamente aunque yo era el más pequeño del grupo, era el único que siempre tenía carro. Mi viejo me había regalado hacía tres años un picop gris, marca Isuzu modelo 1984. En un principio odié ese carro porque cuando lo compró, tenía una especie de camper que le daba un aspecto excesivamente campirano, pero después que se lo quitó con el paso del tiempo empecé a tomarle mucho cariño. Al final de cuentas uno de hombre suele encariñarse con su primer carro, y este fue el mío.

Visualmente no tenía absolutamente nada de memorable, al menos en un buen sentido. La pintura era carcomida constantemente por óxido. La palangana, o cama, era larga.
Por el trabajo de mi viejo, siempre estaba manchada con aceite industrial quemado, tenía restos de alambre de cobre quemado. Hojas secas, cajetillas de cigarros vacías, botellas de cerveza vacías, envoltorios de chucherías, etc. El interior no difería mucho del exterior. La cabina era simple, y sólo tenía espacio para tres personas (cinco o hasta seis si llovía). El sillón destacaba por su poco pudor cuando de enseñar sus interiores se trataba. Los alambres se hacían especialmente incómodos en viajes largos. El tablero era adornado por una alfombra azul, que con el paso de los años se descoloró tanto por el sol que al final era blanca y azul.

Nunca pude deshacerme de ella porque era menos desagradable visualmente que el tostado y agrietado tablero. Las ventanillas no servían, se torcían cuando uno las bajaba. Las chapas de las puertas eran puro adorno, un simple clip era suficiente para abrirlas.

jueves, 5 de noviembre de 2009

Estampas vivas (quién dijo Madame Tosseau)

Desde hace un buen tiempo el Inguat (Instituto Guatemalteco de Turismo para los que no saben) ha adoptado la práctica de contratar actrices para que representen, con vestuario y todo, ciertas, y supuestas, "situaciones de la cotidianidad rural chapina". La primera vez que lo vi, me pareció algo bastante cruel e innecesario, pero recientemente vi la reacción de varias personas extranjeras y a ellos les encantó la idea.

A mí me sigue pareciendo cruel e innecesario, pero igual a estas chavas les pagan, quienes idearon esto lograron el objetivo deseado y los turistas felices, así que cada quién a lo suyo. Ahí les dejo un par.